CARAVANA DEL NORTE DE CHILE
Elena Montoro, septiembre de 2007
Antes de empezar a relatar esta experiencia que me ha convertido en caravanera, quisiera dar la definición de sanación del maestro Djwhal Khul, conocido como “El Tibetano”. Este maestro define la sanación como “El arte de restaurar la energía con amor y ciencia”.
Sus enseñanzas han inspirado al Doctor Carvajal en la creación de la sintergética y la sanación espiritual. Por tanto, es el Dr. Jorge Carvajal quien ha puesto en marcha esta maravillosa experiencia de las caravanas de sanación.
Comenzó a promoverlas en la selva de Colombia allá por el año 1992. Hasta entonces eran algo local, propio del país del cual el doctor Carvajal es oriundo.
Los compañeros de sintergética de Chile, apoyados por él, tuvieron la idea de poner en marcha una caravana que tuviera resonancia internacional y animaron a todos los servidores disponibles a recorrer Sudamérica, y quizá con el tiempo, el resto del mundo.
La primera Caravana recorrió en 2006 la parte sur de este país y durante doce días reunió a ciento veinte sanadores provenientes de Colombia, Venezuela, México, Cuba, Argentina, España, Portugal y del mismo Chile. Fueron tratadas muchas personas, en hospitales, cárceles, orfanatos, escuelas y psiquiátricos.
Pedro, mi marido, y yo hemos tenido la suerte de poder participar en la segunda caravana, la cual recorrió esta vez, el norte de Chile hasta llegar a la frontera con Perú, país al que se cedió el testigo de tan honorable evento.
Fuimos llegando los caravaneros, los servidores a San Pedro de Atacama el seis de julio de este año. Nos reunimos trescientas personas en el corazón del desierto más árido del mundo con la intención de prepararnos para el trabajo que nos esperaba a partir del día nueve. Tres días de meditaciones, paseos, caminatas, recorriendo lugares mágicos donde el tiempo no pasaba y el silencio era el único compañero de viaje. Dunas enormes con la única huella del paso del viento, salares donde el cielo y la tierra se reflejaban y se hacían uno, cielos azules como el mar y siempre al fondo, la magnífica de presencia de los Andes y, como no, Licancabur, el volcán guardián del lugar.
En aquel silencio sin tiempo nos reunimos, nos reconocimos y fuimos abriendo nuestro corazón. Elvira, la chaman de los hermanos Mapuche, ofrendó un pago a la tierra para pedir por nosotros, por los pacientes, por la paz, por el mundo.
Salimos el día nueve hacia Antofagasta, de allí a Iquique y Arica en último lugar. En todos estos lugares nos esperaban muchas personas. Nos ofrecían un aperitivo para compensar las horas de viaje y algún espectáculo folklórico del lugar para alegrar el corazón. En Iquique nos recibió el grupo municipal, la alcaldesa incluso dio un pequeño discurso. Llamaba la atención que los habitantes desde estos lugares estuvieran ansiosos por nuestra llegada, felices y realmente agradecidos. Muchos de ellos nos invitaron a sus casas, nos trasladaban en sus coches de un lugar a otro, ofreciendo lo que tenían para hacer más llevadero nuestro paso. A nosotros, occidentales, que nos hemos cerrado tanto, y ya no nos saludamos por la calle, nos sorprendía esta apertura tan de hermanos a hermanos. Los españoles éramos doblemente bienvenidos pues valoraban profundamente el esfuerzo del viaje para trabajar con ellos.
Empezábamos por la mañana meditando en la playa, en centros budistas o en el hospital, siempre había un sitio donde comenzar de una manera ordenada. El trabajo posterior tenía como objetivo llegar a muchos lugares (centros de salud, hogares de mujeres maltratadas, de niños maltratados, etc.) en grupos pequeños y organizados de terapeutas y servidores, dirigidos en su mayoría por médicos sanadores. Se pretendía ayudar a un número grande de personas y, a su vez, formar a los participantes en la tarea de la sanación. A nuestro paso se iban creando grupos locales de seguimiento para estas personas que fueron atendidas, se crearon grupos de sanación donde aún no lo los había e incluso, como ocurrió en Antofagasta y Arica, los médicos de los hospitales llegaron a ofrecer la creación de un servicio de sintergética y sanación espiritual apoyado por la Seguridad Social. Esto es, sin duda, un ejemplo para el mundo entero y más para países como el nuestro, donde las pegas y las trabas por parte del gobierno surgen por doquier para todo lo que se refiere a medicina complementaria.
Los pacientes llegaban, algunos con miedo, cierta timidez; otros sueltos, relajados, pero en general felices de poder ser ayudados. Nos contaban sus problemas, se abrían plenamente, derramaban sus lágrimas y nosotros, colocando las manos en nuestro corazón acompañábamos el trabajo del sanador. Al finalizar nos fundíamos con ellos a través del abrazo, y nunca sabíamos quien era más afortunado, si ellos o nosotros. Decimos esto porque todos nos vimos mil veces reflejados en sus vidas, en sus infancias, en sus sufrimientos. Lloramos con ellos porque sus dolores eran los nuestros, y la sanación era realmente grupal. Todos, absolutamente todos fuimos sanados, de una forma u otra.
También nos parece importante destacar tres trabajos que se realizaron en Iquique, tierra en la que durante muchos años se han vivido dolores intensos El primero fue la sanación de un lugar conocido como Alto Hospicio, una comuna donde las condiciones de vida son muy difíciles, y en la que se produjeron desapariciones de adolescentes entre los años 1999 y 2000. Un segundo trabajo de sanación se hizo en la Escuela de Santa María de Iquique, donde el 21 de diciembre de 1907 se produjo la matanza de multitud de obreros de las salitreras, los cuales estaban refugiados allí con sus familias. Los soldados rodearon a estas personas y las mataron sin escrúpulos mientras realizaban una huelga para denunciar las condiciones infrahumanas en las que trabajaban. El tercer trabajo se realizó en las minas, donde antaño murieron tantas personas trabajando, niños incluidos, pues su servicio se requería para hacer túneles del tamaño de su cuerpo donde introducir la dinamita.
Con estos trabajos de sanación se pretendió cerrar las heridas de un pasado lleno de sufrimiento, transmutar el dolor de tantas personas y devolver la luz y la esperanza a estos hermosos lugares de nuestra madre tierra.
Apenas se puede expresar con palabras lo que se siente en un evento de esta índole. El sentimiento amoroso es abrumador, la felicidad infinita, el diálogo con las miradas, el recogimiento en los abrazos, el perdón; inmensa la satisfacción de saber que cumplimos con nuestra parte. Es fácil olvidar el trabajo realizado, sin embargo es imposible olvidar la huella que dejó impresa en nuestros corazones, pues como dijo Isabella Di Carlo: “La Caravana es amor en movimiento y es testimonio de que lo que hace dos mil años se nos dijo, era cierto… “Cosas más grandes que las que Yo hago, haréis”… Él no se refería al logro de una consciencia individual mayor que la Suya, se refería al potencial sanador de un grupo cuando está inteligentemente ordenado, su motivo es puro y su entrega es completa.”
Pedro Pascual – Elena Montoro.