CARAVANA DE SANACIÓN, CARAVANA DE VIDA
COLOMBIA 2009
Catina Pascual Rossellò
Integrante de la Caravana de sanación
Siguiendo la corriente iniciada en el sur de Chile en 2006 y habiendo recorrido el norte de Chile, Perú y Ecuador, llegamos a Colombia, cuna de la medicina Sintergética, de la mano del doctor Jorge Carvajal, creador de este movimiento. Provenientes de numerosos países (España, Portugal, Alemania, Australia, Argentina, Chile, Ecuador, Mejico, Venezuela, Colombia, Uruguay, Puerto Rico) nos encontramos en Medellín unos 400 caravaneros entre médicos, terapeutas y personas de voluntad de bien.
Este es un encuentro en el que se funden diferentes culturas, diferentes creencias y diferentes formas de entender la vida, bajo un mismo denominador común: unirnos en una corriente de servicio para atender las necesidades de la gente que lo necesita.
Así se inició el 14 de julio esta andadura de hermandad y servicio empezando en el departamento del Chocó y recorriendo después las ciudades de Medellín, Bogotá y Cartagena.
En cada lugar nos recibían con manjares, obsequios, cantos, danzas, alegría y muchos abrazos. Visitamos hospitales, cárceles, hogares de niños abandonados, casas de gente desplazada, centros de la tercera edad, centros para la rehabilitación de drogodependientes, centros de salud etc.; y en cada uno de esos sitios formábamos los grupos de sanación necesarios para atender a las miles de personas que acudían. Vimos a personas de todas las edades, desde bebés adormecidos en los brazos de sus madres, hasta personas mayores que, durante horas esperaron su turno para ser sanadas.
Esas personas nos recibían con el corazón abierto, nos miraban a los ojos y compartían con nosotros sus experiencias, sus penas y sus lágrimas. El profundo agradecimiento que nos transmitían era conmovedor y la experiencia de compartir con ellos, abrumadora.
Esta corriente de sanación, se dirigió también hacia los lugares de la tierra donde tuvieron lugar sucesos trágicos como masacres, atentados, guerras, etc. La intención era transmutar el odio, el resentimiento, la rabia y la necesidad de venganza, en comprensión amorosa, para poder mirar al futuro sin olvidar el pasado, pero sin llevarlo a cuestas, aprendiendo de los errores cometidos, tanto nuestros como de los que nos precedieron.
Sabíamos que íbamos a sanar, lo que no sabíamos es que ellos también nos sanarían a nosotros. Así, aprendimos que hay sentimientos que la mente no puede explicar, que una mirada amorosa o un abrazo son sanadores y que a través del dolor nace la fortaleza para ser feliz. Aprendimos que la fe y la esperanza son valores fundamentales que, desgraciadamente, escasean en los países que con tanto orgullo definimos como desarrollados.
La excesiva polaridad hacia la razón a la que nos ha llevado nuestra sociedad hace que nos olvidemos de sentir. Nos perdemos en la mente sin dejar a nuestro corazón hablar. Pero, quién sabe, quizá un día consigamos eliminar nuestras resistencias mentales y podamos dar paso a lo mejor de nosotros mismos, al sentimiento más puro.
Ahora que ya estamos de vuelta los amigos y allegados nos piden que les contemos cómo ha sido la caravana, pero la caravana no se puede contar, hay que vivirla, hay que andarla y sentirla.
¿Cómo explicar el sentimiento que se produce al saber que en el hospitalito en el que nos tocaba trabajar una mañana, esperábamos a ochenta personas y se presentaron mil quinientas? ¿Cómo explicar qué está ocurriendo en, ésta, nuestra humanidad para entender que en una tarde llegarán 3000 personas de todo un valle a ser sanadas en la escuela donde nos prepararon los consultorios? Ese día se tuvieron que organizar sesenta grupos de sanación para poder dar cobertura a toda la demanda. ¿Qué nos está queriendo decir esto? ¿Quizá empezamos a atisbar el cambio que esperamos?
No se puede describir con palabras la inmensa ola de amor que nos envolvió en Bogotá en un Centro de Bienestar Social atendiendo a cuatrocientos niños que habían sido abandonados por sus familias. Algunos solo llevaban días y no habían perdido la sonrisa. Cuatrocientos niños y cuatrocientos caravaneros, todos juntos haciendo un hermoso trabajo de sanación, de integración con nuestro niño. La energía que allá se movía, que nos envolvía, no se puede describir, sólo decir que casi nadie quedó exento de derramar esas lágrimas que fluyen sin control cuando el cuatro chakra, el corazón, se ha expandido.
La caravana nos cambia la vida. Después de esta experiencia tan impactante cuesta volver a la rutina, al trabajo, a las relaciones que mantenemos. Ya no podemos reemprender nuestro día a día como antes porque ahora sabemos que la caravana no ha hecho más que empezar. El espíritu de la caravana está en nuestros corazones y es nuestro deber como servidores llevarlo allá donde estemos, a nuestros trabajos, a nuestros lugares de encuentro. Que podamos ayudar a miles de personas también aquí, que podamos inundar de amor a nuestra madre tierra, que podamos sanar las heridas del pasado también aquí, que la caravana de la vida no ha hecho más que empezar.
Pedro Pascual - España