Ya llego tan tarde que casi lo habéis relatado todo, así que os cuento un pequeño retazo de una vivencia…

 

Era una niña de cara dulce y facciones suaves, finas. Hubiera podido pasar por una europea recién llegada de sus vacaciones en la playa. Morenita, esbelta, sonriente y sin uniforme del “cole”. Acudió a la consulta con otra niña pequeña. Parecía una niña más de las atendidas, pero era especial, emanaba una gran sensibilidad.

Exploré su boca: todo normal. Luego a la chiquitina que venía con ella. Tendría un par de añitos y lloraba. Ella la intentara convencer para que se tumbara. La cogía de la mano y le explicaba al oído. La empujaba suavemente hacia el sillón. Hablaban en su idioma: amarico, omoro, tigriña…no sé… solo sé que se expresaba con gran dulzura y pausa, con elegancia, con sabiduría. En ese momento de admiración la sentí mi maestra. Conseguimos explorar a la pequeña. Esta si tenía la boca muy mal. Todos sus dientes y molares estaban destruidos. Pertenecía a una casa de acogida con niños sin familia. La cuidadora que las trajo desde allí me contó que casi no podía comer y venían a vernos desde una ciudad más lejana, con la esperanza de que paliáramos sus molestias. No era un caso complicado para mí, pero en España. Allí solo tenía el material básico y no era el apropiado. No podía hacer nada y dije con simulado tono alegre: “En la próxima ocasión traeremos lo imprescindible para arreglar su boquita!. Pero se me partía el corazón. Lo tenía encogido como en tantos otros momentos vividos en esta tierra.

Era el último día. Ibamos contrarreloj: inventariar material, recoger todo, empaquetar bultos, almorzar y marcharnos a Addis.

Llegamos tarde al comedor de la misión y había más movimiento de lo habitual. No solo estaban los voluntarios y mis compañeros. También estaban comiendo la cuidadora y las niñas que exploré antes, procedentes de una casa de acogida de otra ciudad. La más mayor, la de cara dulce, estaba llorosa y triste. Al mirarla a los ojos pensé: “parece muy cansada”. Y percibí que era un cansancio muy profundo y arraigado: del alma. Me pregunté cual sería la razón y mi compañera me explicó: “Se encuentra mal, tiene sida, está con fiebre y muchas molestias. La han traído de nuevo a recibir tratamiento y llora porque no quiere más médicos”.

No tendría más de ocho años y sin familia, sin salud, con tanto dolor desde siempre. ¿Cómo no podía estar cansada? Desde lo más profundo de mí sentí compasión y me uní a su alma e intenté darle fuerza e intenté no preguntarme porqué. Solo llevarla a mi corazón y aceptar. La miré de nuevo y aún sonreía desde ese enorme dolor. En ese momento tuve la certeza de que encarnaba la sabiduría, la fuerza y el empuje de todas la mujeres precedentes por los siglos de los siglos y que era un alma pura que me enseñaba una lección.