Desde Sevilla a Etiopia
Etiopia, octubre de 2009
Unos días benditos, unos días llenos de maravillas hasta en sus silencios, hasta en sus aparentes momentos muertos, que fueron pocos; hasta en sus noches…
Una reunión previa nos puso a los allí presentes en situación, un poco más metidos en el tema. Ya llevábamos nuestros deberes hechos, aunque algunos deberes consistieran precisamente en no llevar nada, en llevar espacios vacíos o huecos para albergar la carga a repartir entre todos. Primero una breve presentación, pues algunos no nos conocíamos… en ese momento. Y conjuntamente con la presentación, nos dejábamos ir con nuestro cometido para ese viaje, para lo que íbamos.
Ese rinconcito del Plantío sirvió de escenario para albergar aquella reunión que se llevó su buen tiempo en realizarse. A ella, al final, se acercaron unas enfermeras de Madrid que habían tenido una experiencia en ese país y nos hacían partícipes de ella para “darnos pistas”. Teníamos nuestra parte preparada, nos tocaría por riguroso turno y al fin llegó mi parte. “Soy José, vengo de Sevilla, España (pues habíamos varios extranjeros) y voy de comodín!!”
Bueno, aquello causó alguna risa que otra, incluso me llenó de orgullo que nuestro hermano Jorge también se identificara más tarde con ese rol de “chico para todo” y así otros más; para dejar bien claro que no se iba por lo que pudiésemos ser, sino abiertos a lo que hiciera falta ser en aquella odisea que ya, allí, comenzaba.
El final de la reunión nos levantó a algunos del sitio, pues el sol se quería despedir tanto de nosotros como de su protagonismo en este verano tan largo. Nos levantamos y comenzamos a colocar en los rincones de nuestras maletas aquellos tantos botes de vitaminas y otros materiales de cura y odontología que había que transportar y no tenían un porteador definido, ya que parecían no salir los cálculos de los kilos en el equipaje.
Ya casi estaba todo, al día siguiente, en la mañana, comenzaría el embarque, el devenir de maletas por el aeropuerto y todas esas cosas que se asoman en las despedidas… Pero, ¿dónde iba a pasar esa noche?? Cuestión de última hora.
Soluciones exprés ofreció que compartiera la noche con dos chilenos que, “güer”, cuando están juntos, “güer”, parecían transformarse y era difícil, “güer”, seguirles la conversación… claro, eran El Negro y Claudio… dos personajes.
Ya en el avión, ya en Italia, ya en otro aeropuerto de Estambul y ya encima de Etiopia para tomar tierra… Unas cuantas horas encima de esos mágicos pájaros con alas y ya estábamos allí. Llegamos por la noche, el aeropuerto era como todos los aeropuertos, pero yo empezaba a ver negros por todas partes, me lo empezaba a creer. Un mostrador, otro con otra cola, cambiamos unos billetes y… la impresión es que era el mundo por donde ya habíamos pasado antes. Los departamentos eran como los de España pero veinte o treinta años atrás, los funcionarios mucho más manuscritos que lo que tenemos acá como contemporáneos; y, ahora que me fijaba mejor, el edificio del aeropuerto era como los de aquí pero sin todas las comodidades y tonterías de las que los hemos ido engalanando en los últimos años.
Teníamos la estrategia de no agolparnos como grupo por lo que pudiese pasar, y así lo hicimos. Pero al llegar al señor de la gorra de plato, le dio por pararme a mí para ver el contenido de mi maleta… Bueno, más que una maleta con unos cuantos calcetines y un par de chalecos, parecía un expositor de cajas de vitaminas que habíamos repartido para transportar. Yo sé que ese señor se esmeraba en decirme que le explicase aquello con su desmedido inglés, pero a mí solo me salía decirle, con los ojos muy abiertos como si ese fuese el truco de hablar bien el inglés, que aquello era “vitamin for mi”!!
Creo que fue el aburrimiento y no la explicación, claro está, lo que hizo a aquella criatura que dejase pasar a ese blanco tan grandote con tantas cosas raras en la maleta.
Ya al día siguiente, en el hotel, nos esperaban nuestros contactos en Addis, unos ángeles con forma humana sin los cuales no hubiese sido posible todo aquel despliegue en tan corto espacio, tan bien ubicado; colmado de detalles y qué sé yo cuántas cosas más: José Luis, Mary Paz y también “Aladino”. No faltaba de nada, pues hasta en el último día teníamos una especie de comida de despedida preparada en un sitio de Addis con butifarra etíope (“Inyera”), bailarines nerviosos, (parecían literalmente poseídos por el demonio o enchufados por la corriente eléctrica) y cerveza “San Jordi”, una de las colonizaciones más agradecidas en aquel país.
En un principio estábamos repartidos en varios grupos para ir a Wukro, Zway y Addis, pero por acoples se acabaron de acomodar ya a última hora. Los “amigos de la tierra”, José Antonio y Teo, tenían una agenda más móvil para acoplar el proyecto que llevaban entre manos acerca del “Estrómbilu”, esa bomba que no solo hay que transportar y saber usar, sino que también es necesario contar con una tierra adiestrada, cuidada, bien preparada… una labor que ponía de los nervios a nuestros compañeros y que más de una vez se tuvieron que “remangar” y poner manos a la obra. Nos contaban, en las reuniones de finales de día, que no era tan fácil como contarlo o explicarlo una sola vez, que se encontraban con una cultura con poca costumbre de cultivo por el tema de lluvias y el terreno en sí no era de lo más agradecido, dadas las infraestructuras y el régimen de aguas que por esos lares se estilaba. Una de las partes del proyecto Etiopia que sin duda ofrece más atención por ver cómo “ha echado raíces” y comprobar sus frutos o resultados. En la Sintergética nos enseñamos a no recoger resultados, pero en este caso creo que no basta con poner la intención para ver brotar la tierra... y también que a mí me queda aún mucho por aprender.
Bueno, una leve pincelada para ir de guiris visitantes de un monte vigía de Addis llamado Entoto; toda su corona, que consistía en una iglesia de las que allí abundan, cristiana ortodoxa; y un palacio desde el cual, y eso me llamó la atención, una emperatriz tuvo el antojo de formar la ciudad de Addis en el sitio donde está ahora… Vaya capricho, digo yo.
El autobús subía a ese monte como si se tratase de un teleférico, pues era todo el tiempo cuesta arriba y sin isletas de descanso. Pero quizás lo más llamativo era ver cómo bajaban de rápido unos pequeños burritos cargados de ramas de eucalipto, hasta ahí era una cosa llamativa pero dentro de lo normal; y unas señoras que incluso doblegaban las cargas que llevaban los burros!!! Increíble…
Las cámaras de foto se agolpaban para recoger aquellas escalofriantes imágenes mientras el guía nos explicaba que era normal ver trabajar sobre todo a las mujeres y con imágenes similares a las allí presentes.
Aun nos quedaba un almuerzo antes de partir por la tarde a Zway en un “restaurant” de los que allí son de lujo, y; para mi suerte, allí mismo, un futuro jugador de la NBA de unos 10 años que se pegaba unos tiritos en una cancha de basket. Por supuesto, al momento le fui a hacer compañía y de camino unas cuantas ganas de comer…
Autobús, tiralíneas (la carretera era una línea recta al sur) y rumbo a Zway. Jamás vi una línea recta con tantísimas curvas… pues había que ir esquivando toda criatura viviente que usaba esa pista para ir y venir. Kilómetros y kilómetros de pista y siempre llena de carros tirados con burros, gente andando, mucha bicicleta, animales, etc.
Un par de paradas, eso sí. Y en cada una de ellas un nuevo asombro; en la primera paramos en lo que parecía simplemente una casa más que servían bebidas al público: entrada, pasillo con tres o cuatro veladores a los lados, unas sombrillas al final y… voilà!! ¡Un cráter!!
Un cráter en forma de lago, rodeado por unas pequeñas montañas, cresta, que lo delimitaba y con una extensión de aproximadamente unos seis campos de fútbol… (Boca abierta).
Se hacía tarde y no nos dio lugar más que de meternos de nuevo con nuestro asombro en el autocar y dejar de nuevo la puerta abierta para paliar el calor que nos hacía.
Un poco más adelante también paramos para ver el lago Zway, y en él, una panda de cigüeñas sin cuello y un poco más gordas que las que estamos acostumbrados a ver. No sé si será costumbre, pero uno de esos enormes pájaros sacan de apuro a una familia apurada con la comida…
Por fin La Misión en Zway, una pequeña isla en medio de la población de Zway que era la residencia de la congregación de las monjas que nos albergaron: Las monjas Salesianas o las “Sisters”, como se las llamaban allí. Unas seis monjas que tenía aquello muy bien organizado y de las que nos fuimos prendando con el transcurso de los días que estuvimos allí.
Nuestro contacto principal era la Sister Nieves, era la única española. Una gran maestra del grupo y todo un carácter. Ella nos acogió, nos enseñó las habitaciones y también nos transmitió tranquilidad, acostumbrada a recibir normalmente allí a voluntarios que van durante temporadas a echar una mano.
Al amanecer, allí comienza a andar el día junto con el reloj, a las seis de la mañana, ya nos preparamos para hacer el desayuno cuartel (toda las comidas eran así), y a poner manos a la obra. Un grupo de sanación, Luz Ángela, Lola Tatay, El negro y su compadre Claudio; unos payasos que dibujaron tantas sonrisas como baches tenía aquella carretera, un ángel llamado Ana, de Galicia, que se dedicó a enseñar arteterapia y otras preciosidades; una maestra historiadora que quería hacer una labor preciosa que aun le salió mejor de lo que esperaba… Un fotógrafo y espíritu aventurero que se prestaba a todo y a todos que se llamaba Primavera; una odontóloga que contribuyo a que aquellas sonrisas fuesen de unas bocas sanas, y un servidor.
Teníamos un equipo de odontología y una odontóloga, pero no habían sido presentados hasta llegar al sitio donde comenzamos a abrir los paquetes… Así que me fui con ellos para hacer las presentaciones oportunas, ya que por medio había unos cuantos cables, tornillos, tuercas… y un poco qué pensar para poner aquello en marcha. Además era aconsejable tener una ayuda enfermera en aquel cometido hasta que pudiésemos formar a algún o alguna lugareña que luego usase el equipo que se pretendía dejar allí más tarde. Claro, contado así muy bien, pero en medio de aquellos paquetes venía sentado el señor “Murphi”, con un manual de inconvenientes preparados para que la “tostada siempre cayese boca abajo” (que es lo mismo que decir que siempre había una excusa para que no funcionase del todo bien).
Transformadores, cables, cubos de agua, enchufes con contactos poco fiables… al final, y era así de cierto, con una patadita manteníamos el funcionamiento de aquel equipo de campaña que ni mucho menos estaba preparado para el trabajo que se le estaba pidiendo que nos diera.
A lo largo de los tres primero días en que estuve más encima de la consulta, se veían filas interminables de niños, siempre habían más!! Revisiones de caries, empastes, malformaciones dentarias, filas montadas de dientes, o algo así; y “fluorosis”, un fenómeno que dependía de las aguas de algunos pozos, no todos, y que debilitaba la coloración blanca y el esmalte de los dientes que tan blancos se veían en aquellas boquitas tan negras. También eran muchos los niños y niñas, ya pollitos, que se preocupaban por la coloración de sus piezas. Era un detalle bonito ver cómo se preocupaban de su estética como parte de afianzamiento de su autoestima.
Cinta, la odontóloga, tenía unas manos de esas que nos gustaría encontrar cada vez que vamos al dentista; pero el reto al que a veces se enfrentaba, “los molares de los negros” como decía ella, hizo que en un par de ocasiones me tuviese que dar un cursillo acelerado de extracción de piezas dentarias para echarle una mano… o dos!! Era increíble lo afianzado que aquello podía estar a la encía con las raíces tan grandes.
Sabíamos que su labor era importantísima, pero al final de cada día pensábamos que aquella labor quedaría sin dueño y sin continuidad si seguía sin presentarse la prometida “heredera” que nos prometía la “Sister” y que no llegaba nunca... Era también lógico pensar, la enfermera ejercía una importante labor junto con algunos voluntarios italianos en la alimentación de bebés, que acudían con sus mamás a la Misión cada mañana, y eso también era un trabajo ineludible para aquella organización de trabajo ya montada.
Sí vino por fin una mañana, que me permitió a mí hacer algunos escarceos y actuar de artista invitado con los payasos o trabajar mano a mano con Ana corrigiendo alguna que otra mala postura de articulaciones o espalditas. Cuerpos muy agradecidos que, en algunos casos, se transformaban en sonrisas y ganas de saltar después de haber dejado en la camilla algún que otro pliegue o mala postura que no les dejaba ser del todo ellos con toda la intensidad; fue un trabajo precioso.
Seguía estando con un ojo pendiente de la consulta; y, con lo aprendido, me permitía el poder cribar filas de niños que venían de las aulas para priorizar los trabajos más elocuentes o prioritarios y que luego, aun así, verificaría Cinta. Además, aunque el aparato y Cinta ya se conocían de unos días, este a veces se encabritaba y precisaba de unos golpecitos un poco más serios de los que habitualmente le daba Cinta para seguir funcionando. Ese aparato era un gran especialista con un corazón pequeño…
En una de las primeras intervenciones de nuestra Sister contacto, Nieves, se nos puso unas banderillas negras al grupo (algo así como un toque de atención muy sutil). Nieves agradecía uno a uno los cometidos de las diversificaciones de los distintos subgrupos; pero al comentar la labor del grupo de sanación, simplemente evidenció un silencio como falta de conocimiento de lo que allí se venía haciendo; o más bien, a ella no le cuadraba mucho cómo se venían realizando las intervenciones del grupo de sanación, esperando quizás de ellos una labor más parecida a las intervenciones médicas occidentales habituales.
Sí, nos hizo pensar y divagar, aquella maestra enmascarada en sus hábitos nos daba un toque “homeopático” que luego acabó siendo una gran revulsivo para todos nosotros… y creo que hasta para todas ellas, las monjas de la congregación; que acabaron dando un mini curso acelerado de manos de la compañía de Claudio, y que Pedro y yo tuvimos ocasión de acompañar, junto con Kili-kili y Kolo-kolo, y de grabar en video. Creo que al final fueron todas ellas tratadas y metidas en otras tantas sanaciones de las que formaron parte activa. Las cosas…
Angeles y Pedro nos contaban su odisea al ir a visitar al poblado de Germana, un sitio precioso según los compañeros, que tanto Ana como yo nos quedamos sin ver porque nos pilló viendo a filas de críos que no terminaban nunca. Hablaban de recoger relatos tan puros como la vida misma; y de “sufrir” incluso, así lo cuenta Pedro, el aparente acoso por parte de guerreros de la tribu que los llevaban fuera del poblado, sin la presencia de los niños que iban dejando atrás por recomendaciones de los mayores, para terminar con sus vidas …. Bueno, la imaginación de Pedro, que se había quedado pillada por un pellizco de miedo y ya comenzaba a formar sus propias películas. Al final tuvieron una experiencia preciosa; tanto que cada vez que Angeles la contaba se podía leer en su cara una luz especial radiante de felicidad. Ella volverá esas historias a su lugar de procedencia en forma de material didáctico para su mejor difusión.
La aldea de Germana estaba cerca de una gran grieta que atraviesa al continente africano; y sometida a numerosos movimientos sísmicos que delatan su protagonismo en el movimiento de las actuales placas tectónicas del planeta. Lo único que tengo de ese sitio es una pequeña piedrita negra, que un compañero, el Negro, me regaló cuando se enteró que yo no aparecí por esos lares.
Cada día, al desayunar juntos y después de cenar, nos acompañábamos en una mini reunión que nos servía para afianzar nuestro propósito en aquella misión, para recordarnos que toda aquella piña hecha uno, formaba parte de una inyección a la humanidad en aquel momento, en aquel sitio. Una similitud al grito que da un equipo de basket antes de acceder a la cancha y que une el propósito y potencia el interés personal con el del grupo hasta dimensiones insospechadas.
Los amigos de la tierra también aparecieron por Zway, y tuvimos oportunidad de ver y grabar el tratamiento que se le hace a la tierra, en un pequeño huerto que allí tenían las monjas. Bueno, también nos sirvió para apreciar cómo casi se desesperaban a la hora de transmitir los conocimientos a los lugareños, pues una vez más dejaban de manifiesto que el cultivo de la tierra no era precisamente algo que le corriera por las venas desde generaciones anteriores. Un detalle, después de explicar varios pasos para la preparación de la tierra, cuando ya correspondía sembrar la mata de la planta en su lecho, no sé si era la emoción, el ímpetu o el no saber; pero pretendían “clavar” la planta estrujando las raíces y lo que pillase en la tierra húmeda… Exactamente el mismo gesto que un crío puede hacer en el ejercicio de una guardería donde siempre hay un gesto bonito, la siembra; y una víctima del proceso… la planta!!
Nos íbamos de Zway, nos reunimos y despedimos de la congregación, los voluntarios, los sitios que nos habían ido albergando… aquellas literas como en los campamentos que nos ofrecieron tantísimos momentos de risas, de pensamientos, de interiorismo… aquellos baños de la prehistoria que allí eran de hotel de cinco estrellas y como tales lo sentíamos; los paisajes, la temperatura, los aviones teledirigidos chupasangre y unas desconocidas hasta ese momento para mí: las pulgas!! Con unas picaduras perfectamente alineadas a lo largo de la costura de la ropa interior y que, a día de hoy (ya pasó casi medio mes) me siguen picando y haciéndome acordar nuevamente de ellas…
El camino de vuelta recogía a los integrantes del autobús, sus enseres, sus recuerdos y aprendizajes; recogía todas las experiencias vividas y miles de miradas, muchas de ellas de niños, que también se habían quedado con nuestras caras, con nuestros gestos y con nuestros corazones; pero en aquel autobús también se notaba algo de cansancio. Éramos bombillas que habíamos estado brillando a una intensidad de luz mantenida y elevada, éramos bobinas que habíamos estado generando, y vibrando a unas frecuencias de élite, de deportistas de alta competición. Era un sosiego ganado y reconfortable el que allí se respiraba por parte de todos; hasta el conductor del autobús y su acompañante, (que parecía el dueño y nos servía de traductor, Emilio) se pensaban el poner la música tan alta y animada que ya en otras ocasiones nos habían colocado para sumarse a nuestro júbilo.
Otra vez en Addis, otra vez en el hotel; y de nuevo, con los compañeros de Wukro ya en “casa”, nos esperaban eventos para realizar y con varias opciones dentro de la misma agenda. Cómo se echa de menos el estado de omnipresencia!! Claro, era imposible visitar todo a la vez, ver todo lo que allí se ofrecía; pero sabíamos que el no ir personalmente se suplía con los ojos de los compañeros que luego lo compartirían gustosamente con los demás. Y así fue, sin asistir, tomé conciencia con todo lujo de detalles de la visita de los payasos a la congregación de otras monjas, cómo se organizaban para albergar a los allí hospedados, visiones de otros parajes, opiniones de otra cultura, al fin y al cabo, que nos enriquecían y no paraban de darnos nuevas formas de ver la vida, de ver este nuestro mundo.
También tuvimos la super-reunión donde ya por fin pudimos estar todos alrededor de una misma mesa, de compartir en boca, sobre todo, de los representantes de los mini grupos, las experiencias vividas, lo aprendido y lo ofrecido; lo donado y, por ende, lo guardado. Creo que a todos nos hubiese gustado dar más, mejor; más tiempo… pero también subyacía un sentimiento de haberlo dado todo, lo más significativo; lo justo para ese momento.
La despedida de Addis nos tuvo a todos, con nuestros ángeles acompañantes con el corazón en un puño. En la casa de José Luis nos sentamos en un salón donde tuvimos la oportunidad de compartirnos, de disfrutarnos… donde nos premiamos con unas preciosas fotos de las que llevaba Pedro, con imágenes de la caravana de Colombia, con unos dulces, cafés e infusiones y, ya al final, con unos “lagrimosos” abrazos.
Una cena de por medio y, al avión! Veríamos salir un nuevo sol en nuestras vidas, pero esta vez desde el aire. Volamos toda la noche y algunos tuvimos la oportunidad de ver salir ese precioso amanecer mientras otros simplemente lo soñaban; pero cierto es que en nuestras vidas, en nuestras almas, ese era el importante comienzo de un nuevo día.
No puedo dejar pasar un pequeño pliegue que antes de partir quedó en mi corazón. Sería injusto ya que quise poner en mi cuaderno de relatos aquellos sentimientos importantes que allí acaecieron. Ya nos íbamos a ese tren con alas, sí, pero nos dejamos a un personaje importante por el camino. Gema, que ya sabía de su destino incluso antes de salir desde Madrid, quedaba atrás para estar unos días más en Addis Ababa, en labores humanitarias con las monjas. Después comprendí que no era Gema, que no dejábamos a una persona atrás en ese vuelo de vuelta… que era algo más personal y de todos y cada uno de nosotros lo que allí se había quedado, que cada vez nos veríamos más desperdigados por este planeta y que no pertenecemos sino a ese corazón grupal que está en todos, que somos todos.
Que sea para bien.
Jose Martinez