Artaza 27 de Abril de 2010

El velo de Najwa
Lo importante no es lo que nos ponemos sobre la cabeza, sino lo que es capaz de
abrigar nuestro corazón. Cabemos tod@s antes las mismas pizarras, en las mismas
aulas. Cabemos todos en las mismas calles, en la misma Tierra. ¡Bienvenido el
velo, la kipa, la túnica, el crucifijo… siempre y cuando vistamos prendas o
símbolos en pleno ejercicio de nuestra voluntad! Ya no es tiempo de exclusiones,
sino de honrar todas las tradiciones sagradas que nos salen al paso.
El aprecio por las sanas costumbres ajenas mide la anchura del corazón de los
individuos y pueblos. A nadie le asuste el velo de Najwa. El discreto pañuelo
sobre la cabeza de la adolescente no debiera haber saltado a los titulares. No
obstante, si necesario es asegurar la libertad de indumentaria en ese y en todos
los centros de enseñanza, tanto lo será asegurar que la decisión de la joven de
17 años de origen marroquí ha sido adoptada en la más absoluta libertad. Es
preciso confirmar que no fueron sus padres los que la obligaron a colocarse la
prenda en la cabeza al tomar camino de su pupitre. De nada sirve que se
garantice a nivel público una libertad que después puede ser cercenada puertas
adentro en el hogar.
A pesar del alboroto desmedido, Najwa y su “hiyab” nos han permitido reflexionar
colectivamente sobre el ejercicio de la libertad, han traído a primer plano de
actualidad un rico debate sobre la jerarquía de valores universales.
El gobierno del propio cuerpo y su manifestación, la generalidad de los derechos
humanos anteceden al derecho de expresión de las formas culturales y religiosas.
Una vez asegurados los primeros, deberemos ser escrupulosamente respetuosos con
esas diferentes formas de expresión.
Abracemos un Islam amable que respeta plenamente el libre albedrío de la mujer,
pero mantengámonos vigilantes y no transijamos si ellas se ven marginadas,
acalladas u oprimidas por un machismo excesivamente pujante en ese entorno.
Puertas abiertas en el Instituto de Pozuelo de Alarcón, puertas abiertas en
todas las aulas, pero que nadie imponga cómo ha de obrar o vestir la mujer, por
joven que ella sea. Sólo un destape excesivo con eventual lesión de
sensibilidades, puede ser motivo de llamada de atención.
Hay únicamente una condición para que cada quien avance con su velo, con su kipá,
con su túnica, con su crucifijo… hacia el espacio común, y es que lo haga en
pleno ejercicio de su más absoluta y plena libertad. Habremos de aceptar
incluso el burka en nuestra acera, en nuestra aula, en nuestro vecindario,
siempre y cuando ese burka haya sido calzado motu proprio. Las calles
deberán abrirse para estas mujeres enjauladas, por más que resulte difícil
comprender que una mujer desee, en pleno ejercicio de su voluntad, meterse en
esa cárcel andante. Ella ha de conquistar el sol y el viento en su cara y para
ello contará, por supuesto, con el apoyo unánime de toda la sociedad.
Francia se dispone a prohibir el uso del burka, sin embargo la libertad es ley
suprema, por más que nos duela ver a esas mujeres encerradas en su propia tela
negra. Esa libertad marca a veces un precio excesivamente alto. Hay un dominio
más íntimo de conquista de libertades en el que la acción del Estado se
encuentra muy limitada.
Bendigamos, aun con todo, este momento de cruces de caminos y de fecundación
cultural y religiosa. El problema sería que todas las cabezas fueran iguales,
que se cubrieran de la misma forma. Cada quien con su paso y su pasado, con su
cultura, hábitos y costumbres… avancemos hacia un espacio común, hacia una plaza
de todos. Lo importante es que la armonía, no sólo la tolerancia, se extienda
más allá de la convivencia con los nuestros. Lo diverso siempre añade, cuando
logramos tumbar nuestras tapias, cuando nos ensayamos en sumar y no restar,
cuando concluimos que cada quien somos, en alguna medida, reunión de todos.
No tiemblen los incondicionales del crucifijo, porque si algo significa aún ese
Ser excelso, ese Cristo sublime que dos mil años después siguen clavando al
triste madero, es precisamente acogida y abrazo incondicional. Ese Jesús de la
Cruz, que preside aún tantas aulas públicas, no instituyó religión alguna, y si
lo hizo fue la del amor absolutamente incondicional, la de aulas, calles y
plazas para todos… Si no deseamos perder nuestras raíces cristianas deberíamos
comenzar apeando a Jesús del madero y al propio madero de las paredes públicas,
sobre todo deberíamos comenzar abriendo puertas de institutos y de corazones
cerrados.
Bajemos las espadas, compartamos aula en el corazón de nuestras ciudades,
compartamos templo en la encrucijada de los caminos, pues el tiempo ya ha
llegado de honrar la verdad y belleza que las demás tradiciones también
encarnan. Cruzada sólo contra nosotros mismos y el “infiel” que nos habita,
infidelidad a la ley de amparo, a la ley de la fraternidad universal. Agitemos
las bridas, salgamos del ensueño de reconocernos separados, cabalguemos
nuestros áridos desiertos hasta tropezar con la Jerusalem de adentro donde
brilla una cúpula ancha en su oro, infinita en su acogida.
Koldo Aldai
Os comparto otra reflexión sobre el mismo tema. Es de hace ocho años y está
enfocada desde un ángulo diferente.
Zubielki 4 de de Marzo de 2002

Velos
Felizmente somos testigos de la caída de muchos velos. Se han precipitado
incluso más de los que estaban pendientes, de los que se hallaban programados
para nuestros días. A veces los velos son como los muros, sólo que más
resistentes. Es preciso que caigan de los unos y de los otros para alcanzar más
cuotas de libertad, pero mientras que el muro siempre separa lo que es preciso
unir, a veces el velo protege también lo que es preciso preservar.
¿Están llamados todos los velos a abrirse? Si corremos todos ellos, se acaba el
misterio de ese ser por explorar, de esa fruta por saborear, de esa fórmula por
atrapar, de esa atmósfera en la que penetrar, de ese principio o ley por hallar,
de esa geografía por hollar, de ese alba por imaginar…, y si se acaba el
misterio, se acaba la vida. En realidad ésta es un continuo rasgar de velos, ¿si
caen todos, qué sentido le dejamos? Si todos las miradas son asaltadas, si todas
las pieles acariciadas, si todos los enigmas son vaciados, si de todos los jugos
somos saciados… ¿qué nos queda?
Mantengamos ciertos velos, entendidos éstos de forma metafórica, preservemos
ciertos espacios vedados. El velo fomenta fantasía, alienta imaginación, señala
lo intocable. Es ley de vida: lo bello, lo elevado, lo puro no se regala, hay
que saber ganarlo, conquistarlo. No cualquiera es digno, en cualquier momento de
descorrer el velo. Nuestra sociedad materialista y hedonista no se aviene con
éste. Nos anima a disponer de todo, sin esfuerzo, a golpe de tarjeta de plástico
en un marco de libertad malentendida.
Aprendamos de una naturaleza que a menudo mantiene su faz velada. No siempre
conviene desnudar lo oculto, por lo menos a todos los ojos, a plena luz del día.
No todo lo manifiesto es beneficioso, aún resta el misterio, el encanto, la
inocencia, cierto pudor a defender…, sin embargo muchos de estos velos también
se precipitan en nuestros días. Colocar el velo en su justo momento y a su justo
punto de altura es un arte que no muchos dominan. No es fácil encontrar el
equilibrio ente los oculto y lo diáfano, entre lo llamado a manifestarse y lo
aún destinado a permanecer escondido.
El velo libremente asumido no tiene porque caer en desuso, a veces es necesario,
incluso en occidente. Parece que nuestra civilización consumista se empeñara en
ponernos todo al alcance de la mano, sin necesidad de ameritarlo. Poco a poco se
va diluyendo el valor de la conquista, y sin embargo ésta entendida como reto,
como iniciación personal, siempre fue necesaria. Hay terrenos desafiantes en los
que es preciso ahorrase cheques, arpías, maleficios, incluso el “mantram”
secreto de la VISA. El logro verdadero, aquel cuya gloria perdura, reclama
esfuerzo, paciencia y amor: unos ojos, un secreto, una enseñanza, unos labios,
un misterio… Los velos son precisamente necesarios para forjar nuestra voluntad,
para desarrollar nuestra capacidad de entrega, para iniciarnos en una etapa más
madura.
El velo da poder a quien lo porta. “El hecho de ser una mujer libre y llevar
velo a voluntad es conservar el poder de la mujer misteriosa. La contemplación
de una mujer velada es una experiencia muy profunda” dice Clarissa Pinkola Estés
en “Mujeres que corren con los lobos” (Ediciones “B”. Madrid 2001) En otro
momento de este, tan largo como apasionante, ensayo, traducido a dieciocho
idiomas, también señala: “El velo indica la diferencia entre el ocultamiento y
el disfraz. Se refiere a la necesidad de ser discretas y reservadas para no
revelar la propia naturaleza misteriosa y la necesidad de conservar el eros y el
mysterium de la naturaleza salvaje.”
El velo proporciona protección: “Cuando las mujeres están cubiertas por el velo,
las personas sensatas se guardan mucho de invadir su espacio psíquico”. La
escritora húngara alcanza a decir en defensa de la cuestionada tela: “Llevar
velo nos consagra como seres pertenecientes a la ‘mujer salvaje’. Somos suyas y,
a pesar de no ser inalcanzables, nos mantenemos en cierto modo apartadas de la
total inmersión en la vida del mundo exterior”. No se alarme la lectora. Para la
doctora Estés la mujer salvaje no es sino aquella dotada de una aguda
percepción, un espíritu lúdico y una elevada capacidad de afecto, aquella que
llama a la mágica puerta de la profunda psique femenina. Nada por lo tanto a
reprobar en este arquetipo que felizmente emerge de nuevo en nuestros días.
Esta psicóloga jungiana, de renombre internacional, abunda en que el efecto del
velo sobre algo aumenta su efecto y sentimiento. En este sentido merece especial
mención la comparación que establece entre el velo y el lienzo blanco que se
utiliza para tapar el pan: “El velo de la masa de pan y el velo de la psique
sirven para lo mismo, … se produce una intensa fermentación”. Lo que colocamos
detrás del velo quedaría de alguna forma revalorizado, incluso vedado si aún no
se es digno de alcanzarlo. La doctora se adentra también en la investigación del
velo como instrumento de la “femme fatale”. “Lucir un velo de determinado tipo
en determinado momento, ante un amante determinado y con un aspecto determinado
equivale a irradiar un intenso y nebuloso erotismo capaz de cortar la
respiración. En la psicología femenina el velo es un símbolo de la capacidad de
las mujeres de adoptar cualquier presencia o esencia que deseen.”
Toda rebelión tiene sus límites y la que apadrina la modernidad frente al velo,
evidentemente los alberga. En una sociedad que se desayuna y acuesta con miradas
insinuantes, con poses excitantes, con carnes relucientes, el velo, insisto en
su interpretación metafórica, ayuda a restablecer debidos respetos, a recobrar
una noción más sagrada de la mujer, al fin y al cabo nuestras madres, hermanas,
compañeras, amigas… No es cuestión de moralina, se trata tan sólo de cuestionar
una dignidad agraviada, del hastío de la provocación sensual como arma de
negocio, de objetar un generalizado mercadeo de muslos y pechos… Por lo demás,
en un mundo de compra venta de intimidades, de vídeos y objetivos apostados por
doquier, de espacios privados robados por “grandes hermanos” omnipresentes, no
está de más echar algún velo protector sobre lo inocente, lo puro, lo sagrado.
Hay velos que tienen que levantarse, hay oprobios en la sociedad islámica que
han de ceder, pero también hay cortinas que se han de echar en nuestro mundo.
Cada quien es dueño de sus propios velos, rostro e intimidad. Lo más importante
del velo es colgarlo en plena libertad, sujetarlo motu proprio. Más
difícil de aceptar es un velo o un pañuelo, no digamos ya una “burka”, que
obligan a colgar unas leyes, una moral, una religión…
A estas alturas nadie debería de cuestionar la libertad en el atuendo. Las
mujeres islámicas no tienen porque seguir soportando, si no lo desean, una
legislación que las mantiene aún sometidas y postradas en pleno siglo XXI. Las
adolescentes de origen magrebí son muy libres en nuestro país de echarse el
pañuelo a la cabeza antes de tomar rumbo al instituto. Nadie tendría que objetar
tan elemental derecho, siempre y cuando no haya sido el padre quien le haya
alargado el pañuelo a la joven en el umbral de la puerta de su casa, en el
arranque del camino hacia su merecida libertad.
K. A.
* Imagen de Inés